Los largos y penosos años de dictadura dejaron resabios que parecen imposibles de remover. Siempre vuelven, como las moscas. El autoritarismo reaparece cuando menos se lo espera. Y parece refractario a los antídotos.

Resulta que unos jóvenes universitarios se propusieron llevar a cabo la exhibición gratuita de películas en la plaza. Solicitaron autorización a la Delegada Municipal, sin obtener respuesta. Se dirigieron entonces a las autoridades de Cultura de San Justo, cabecera del partido de Matanza. Se les concedió permiso para tomar luz de la red de electricidad pública. El INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) les proveyó los filmes. Lo demás lo hicieron los chicos: consiguieron equipos, un sonidista amigo, una pantalla que ataron a dos columnas, y sus ganas. Nuestras reuniones de seisieteochistas comienzan habitualmente a las seis de la tarde, y empezamos a arriar nuestra bandera a las ocho, para trasladarnos “al cine”, sentados en el pasto, en reposeras plegables o mantitas tendidas en el suelo, junto a familias con chicos y hasta bebés, todos frente a la pantalla, mateando. Pidieron permiso tan sólo por cuatro domingos. Así disfrutamos de cuatro magníficas películas: Camino a San Diego, Valentín, Historias Mínimas y Felicidades.

En las cuatro ocasiones nos quisieron amargar la fiesta con la aparición de agentes de policía que insistían con “esto no se puede hacer”, y todos arremolinándonos para apoyar a los chicos, con Bárbara, estudiante de Sociología, y Brian de Comunicación Social a la cabeza.

Largas explicaciones, con las autorizaciones escritas en mano, siempre lo mismo. En total lo único que consiguieron siempre fue demorar un rato la proyección. Cuando lográbamos que la policía se retirara aplaudíamos y seguíamos con el filme, ovacionando al final.

La mayor zozobra tuvo lugar el tercer domingo, cuando al promediar la película ingresó a las veredas de la plaza una caravana de patrulleros -blancos los de la Bonaerense, negros los de la Policía del Municipio- y motos, cercando nuestra “sala” al aire libre. Seguramente supusieron que el público iba a retirarse ante tal intimidación. No fue así. Mientras un grupo acudió a sostener la ya repetida discusión con los agentes que decían no saber de qué se trataba y sólo cumplían una orden, como en la Obediencia Debida, el resto seguimos cómodamente gozando la proyección hasta la palabra fin.

El domingo fue la última, por ahora. Y naturalmente volvió a apersonarse la autoridad. Pero en cuanto se les pidió su identificación, no les fue posible mostrarla, con lo cual quedó al descubierto que, esta vez, se trataba de falsos policías, una especie de “patoteros” camuflados bajo el uniforme, enviados por la delegación municipal. Tuvieron que retirarse, abucheados. Un rato después llegó un policía de verdad, y vuelta a empezar, dale que dale, como las moscas, se las espanta y vuelven, incansables. Cuando se quedó sin argumentos, acabó por reconocer que se trataba de una interna entre funcionarios locales y autoridades de la cabecera de distrito. Y en el medio, como de costumbre, nosotros, el pueblo, el dueño de la plaza, el patrón de la vereda, atropellado, como si se tratara de combatir delincuentes peligrosos. Aún así recurrió a otro intento para clausurarnos la reunión. Quiso saber: “¿qué tipo de películas pasan?” Estúpida, además de fingida curiosidad, cuando ya íbamos por la cuarta y última película programada para esta primera etapa. Nunca antes quisieron saber ese detalle. La respuesta fue “quédese y vea, está invitado”. Aplauso generalizado.

Los jóvenes de este Proyecto Cine Laferrere, cuyas edades rondan los veinte años, estudian, trabajan y además pretenden acercar cultura, disparadores de pensamiento, a la gente que pasea por la plaza. Se declaran independientes y piden que nadie despliegue banderas ni carteles, ningún símbolo perteneciente a partidos políticos o grupos religiosos.

Son puros, inteligentes, luminosos, solidarios, en el verdadero sentido de la palabra, y tozudos. Sobre todo eso, tozudos.

Que no me vengan después con que la juventud está perdida, como quieren hacernos creer desde los multimedios.

De que se permitan y apoyen este tipo de actividades depende que pueda prevenirse la perdición de los que son vulnerables de quedar marginados.

Las moscas podrán seguir viniendo, pero las cosas han cambiado. Se encontrarán con un hueso imposible de roer■