Al seguir el título podrían pensar que se están asomando a una diatriba a favor de aquellos bailes que nos entregaron el iniciático roce de manos con unas caderas, o las primeras caricias en las nucas de esos niños brutos que, al son de “uh, baby, i love your way, everyday”… se transformaban en los más dulces del planeta. Pero el retorno que se añora es el de la dinámica de toda la vida, no sólo aquella parte que se respiraba entre bolas de espejos y humo agridulce. Hablo de los ritmos lentos, del discurrir sereno por el tiempo, ese que inventamos nosotros y que permanece imperturbable pese a que ahora creamos verlo volar.

Y esta intención que, les comento, es también una invitación, viene acompañada por una sugerencia relacionada con algo mucho más placentero que una reflexión sobre el discurrir del tiempo: literatura. O mejor dicho: una obra literaria: o para ser más claros e ir de una vez al grano: Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski.

Adentrarnos en el microcosmos de este escritor que, como supo decir León Trotsky sobre otro monstruo ruso, Tolstoi, “se encuentra frente a nosotros como una enorme roca erguida, cubierta de musgo y proveniente de un universo histórico distinto al nuestro”, permitirá ese retroceder del que les hablaba, porque para leer a Dostoievski, para disfrutar verdaderamente de su prosa, se hace necesario un grado de calma y concentración propio del siglo XIX, centuria en la que fue concebido no sólo el propio Fiódor (nacido en Moscú en 1821), sino toda su obra, junto a una frondosa clase intelectual que se encuentra entre las más prolíficas y destacadas de la Historia.

Entonces allí, ante Crimen y castigo, el estilo cortante, enmarañado y con altibajos del moscovita se desplegará inexorable. Si deciden llegar hasta el desenlace del horrendo crimen, que aparece cuando aún se están acostumbrando a pronunciar nombres como Dúniechka o Svidrigailov, es muy probable que hayan llevado su mente a un estado de inmersión literaria que se consigue con pocas obras de nuestros días.

Al recorrer el extenso relato, además, se verán trasladados a ese otro universo histórico que fue la Petersburgo de la década del 60 del mencionado siglo, y a través de Raskólnikov, personaje alrededor del cual se desarrollan las múltiples tramas del texto, se inundarán del hastío que sufrían muchos de los jóvenes de ese tiempo, atribulados por una sociedad a la que no llegaban a comprender y que buscaban transgredir, superar, pero que los contenía —los sujetaba— con preceptos morales que ejercían un respeto totémico. Quien cumple la función de recordar esos modales, esos modos de actuar y ser por aquellos días, es su amigo Razumijin, quien viene a ser una suerte de sostén para ese joven que no sabe bien qué quiere con su vida, pero que súbitamente se ve presionado a huir. ¿Lo hará?

Deberían saber que no se los diré, sino que les seguiré hablando del complejo mundo que se despliega alrededor de este dúo que poco tiene de dinámico. Porque a medida que transcurre Crimen… los días de Raskólnikov -no se relatan más de 10, pero parecen muchos más por la densidad descriptiva- se van oscureciendo a medida que surgen hechos como un curioso encontronazo con una niña andrajosa o la súbita llegada de su madre y su hermana, con la noticia de que esta última está a punto de…

Cierto, no tengo que decirles nada.

Solo les dejo la invitación sobre la mesa:

Señor/a lector/a, ha sido invitado/a a Crimen y Castigo.

Confirmar asistencia.

 

Suele ser frecuente la expresión “no veo la hora de que llegue el verano para leer un libro” entre quienes se lamentan de estar demasiado ocupados durante el año como para entorpecer sus mentes con el blablá literario. Y son muchos de ellos los que, con los primeros calores de noviembre, comienzan a ser tentados por las grandes casas editoras para llevar “los mejores libros para leer en la playa”, que por lo general suelen ser vacíos como un tupper y de fabricación express a cargo de figurines del espectáculo.

Hay muchísimas excepciones, gracias al cielo, y entre ellas quise recordarles el pequeño bodoque del que les estuve hablando hace un ratito. Porque aún los que tenemos que trabajar para estas fechas -y créanme que esto es un recreo de mi trabajo-, disponemos de más de eso que llamamos tiempo.

Llenémoslo, entonces, de pasado, de lentitud, de placer, que la vorágine siempre nos estará esperando sobre fines de enero■