Acaso no haya mayor prueba de la vocación liberadora de un pueblo que la constatación de que, para ahogar su clamor de justicia, sólo haya podido recurrirse al exterminio de su viva materialidad; es decir, de su elemento humano. El análisis del genocidio como punto de partida para reflexionar el pasado reciente y proyectar el futuro democrático.

Para que no se nos pueda acusar de reducir el todo a una de sus partes, recordemos que la palabra “genocidio” proviene del término cidium -que en latín está asociado al corte, la herida, el asesinato y la matanza- y del vocablo génos, con el que en la antigua Grecia se apelaba a cualquier conjunto de personas que estuvieran relacionadas entre sí de acuerdo a un origen compartido o nacimiento común. De allí que esta palabra helénica pueda ser traducida de tan diversas maneras -linaje, raza, pueblo, nación, familia-, todas ellas correctas en la medida en que no se pierda de vista su referencia articuladora al espectro de la creación y el crecimiento colectivo.

Teniendo en cuenta ello, podemos pensar que lo que distingue a un geno-cidio es que la dirección de su impulso asesino anula a un grupo de hombres y mujeres vinculados por una misma procedencia generacional, un fundamento nutricio que los genera y los envuelve en una misma raíz vital de cultura y de tierra, de la que brota a su vez -junto con esa generación- una concepción de la patria y de la justicia.

De tal manera, esas personas forman un pueblo aunque no constituyan la totalidad de una sociedad; un pueblo que aporta a esa sociedad la imagen de su juventud en las promociones utópicas que hacen su aparición en la vida política como su componente renovador, transformador y revolucionario. Aniquilando a ese grupo de hombres y de mujeres -o de muchachos y de muchachas-, se supone que también se destruye aquella patria y esa justicia que nacen con ellos, las que en muchos casos se encuentran en las antípodas de los intereses políticos y económicos de otros sectores de la misma sociedad, la que deviene -ya sea por acción, aprobación u omisión-, una sociedad genocida -a la vez que suicida-.

No es nada casual que el genocidio haya sido uno de los modos privilegiados en que se ha desarrollado el sistema de dominación de la modernidad capitalista, la que ha regido sociedades mixtas donde amplios sectores del poder veían en las promociones generadoras de la cultura popular y de la transformación societaria una amenaza para sus intereses privados, vinculados con los vetustos mecanismos coloniales del enriquecimiento.

Para hablar sólo del caso argentino, desde la expoliación de los habitantes nativos hasta los gauchos y negros sacrificados por la Triple Alianza, desde los obreros masacrados durante la Semana Trágica hasta los fusilados del ‘56, todos han sido víctimas del intento de separar un núcleo popular del peligroso, molesto o poco rentable fundamento que lo constituía como tal -una tradición, una concepción de la justicia, una utopía-.

De acuerdo a lo dicho, la manera en que al cabo se logra desarraigar la proyección libertaria de ese colectivo con su origen generacional -de acuerdo a la poca imaginación y sutileza de los agentes del poder capitalista- es provocar la entera desaparición del componente humano que dinamiza esos elementos en el desenvolvimiento de su proceso vital y político. De este modo, entre la generación -como fuente de un crecimiento liberador- y la utopía se fuerza una ausencia que interrumpiría la posibilidad de hacer el pasaje desde la primera hacia la segunda.

No diría nada nuevo al recordar que, desde un punto de vista filosófico, la ausencia es acaso uno de los modos más positivos y eficaces de la presencia. Su peculiar realidad deriva del hecho de estar constituida por una mezcla de ser y de no-ser; es decir, una mezcla de absoluta presencia y de radical negación; o de una negación de la presencia, que es la traducción filosófica y elíptica de la reacción que provoca la presencia del pasado y el impulso para modificarla.

La ausencia -cuando está modulada políticamente por el ingrediente extrapolítico de la muerte- es el modo en que se nos aparece lo que no es presente y que puede asediar desde el pasado como fantasmas que reclaman justicia o desde el futuro como sueños que reclaman una patria popular desde la fuerza generosa de las juventudes. El ser de los muertos -presentes, acechantes- solicita el no ser de la injusticia -trascendida por la memoria hacia un futuro dichoso-; lo que los argentinos nos hemos acostumbrado a denominar… llamar… gritar… “¡Nunca más!”

En el caso nuestro -las jóvenes promociones del Bicentenario-, nuestra propia ausencia espiritual -vaciedad de una recíproca deuda jamás saldada con nuestros padres- delata la imposibilidad de constituirnos como generación con prescindencia de sueños heredados y de injusticia legada. Somos desconcertados epí-gonos de una generación ausente que sólo se hace presente bajo las máscaras reveladoras y rebelantes de una lucha vejada contra el tiempo y la miseria, de una derrota infamante y de una deshumanización de los paisanos. La ausencia de aquella generación de “superjóvenes” que nos alcanzan como espectros llamados a retiro con la dolorosa vergüenza de un grito acallado, de un clamor silenciado -¡un fracaso nacional!-, nos comunica un imperativo vigoroso, de signo político y cultural. Su fantasmagórica presencia instala en nuestro ausentismo -político también, y cultural- la cifra de la justicia social, la bandera indiscutida, la única que puede justificar el sacrificio de la vida humana proyectada hacia el amor y la libertad.

Todos somos fantasmas y ausencias en un país que no ha podido sepultar a su pueblo -su savia renovadora-. Tal vez eso explique la desconfianza que suele provocar en la Argentina el ejercicio apasionado de la democracia. El miedo a las gestas, a las mayorías, a la presencia pública de las masas, a las decisiones radicales y poco meditadas no puede más que emerger ante la cara espectral de un pasado sin digerir. He ahí la exposición de la ausencia, del corte entre la generación de la vida colectiva -patriótica- y su imagen de justicia. Nos han arrasado nuestro combustible político y transformador. Aquella expiación de nuestra más querida juventud nos reclama una vuelta a los contenidos populares, a la paz y a los cantos de justicia. Habida cuenta de lo perdido -su vida, su vocación para el prójimo-, no neguemos su amoroso legado -la conciencia crítica y jovial- y vivamos la democracia como la máxima oportunidad para revolucionar la historia genocida. Una democracia que cante, que luche y que resista