La OTAN ha intervenido en Libia. Cualquier dato de color, cualquier información técnico-militar extra acerca de los entretelones de esta nueva aventura militar de Estados Unidos y las potencias europeas que la secundan, puede llegar a desviar la atención del punto importante que deseamos trabajar aquí: la necesidad de sostener por sobre todas las cosas la auto-determinación de los pueblos como principio inquebrantable para un nuevo orden internacional.

En diferentes medios comunicacionales e informativos, circuló fuertemente lo que termina por constituirse en no más que una mera justificación: Khadafi, dictador que se mantiene desde hace cuarenta años en control del aparato estatal libio, tenía planeado realizar un bombardeo masivo para aniquilar al ejército rebelde que, hasta hace poco, tenía en su control la segunda ciudad del país. Este ataque -se sostenía- concluiría en la matanza indiscriminada de civiles e inocentes.

¿Alcanza esta explicación para que aceptemos la legitimidad de la incursión euro-norteamericana? Es cierto que la preservación de la vida debe ser uno de los principios rectores para poder crear un nuevo orden de relación entre los diferentes países del mundo. Sin embargo, volvemos a preguntarnos: ¿acaso la hipótesis del terror dictatorial y asesino de Khadafi es suficiente para que un minúsculo grupo de países, siempre los mismos, se arroguen la prerrogativa de intervención?

Pensemos lo siguiente: si Khadafi se encuentra desde hace cuatro décadas enquistado en el poder, ¿cuál ha sido, entonces, la relación geopolítica que hasta estos días esas potencias “salvadoras” han mantenido con semejante monstruo? Lo cierto es que desde los tiempos de la guerra fría, la discrecionalidad de las operaciones bélicas de Estados Unidos es un hecho determinante del orden internacional pos-segunda guerra mundial. En conclusión, la primera aserción que arriesgaremos es, pues, que la política de intervención norteamericana (y europea) no sobreviene como solución a los problemas del terror, autoritarismo, atraso tercermundista sino, por el contrario, como parte misma y raíz fundamental del propio problema.

¿Qué revela esta nueva tragedia internacional acerca del escenario mundial?

II

Ciertamente, resulta muy difícil acceder a un cierto nivel de verdad informacional acerca de lo que sucede en el país africano. Resulta que los medios responsables de brindar cobertura sobre los hechos son, por supuesto, norteamericanos y europeos. Esto se expresa de forma muy evidente en la confusa explicación acerca de la rebelión popular libia y la actuación del ejército rebelde que intenta desalojar a Khadafi del Estado libio.

El silencio acerca de la verdadera situación del pueblo libio es una muestra aún más evidente de que lo que está primando en el conflicto son los intereses que mantienen las potencias invasoras, puesto que la única justificación posible para su veleidad guerrera es la manera supuestamente flagrante en que Khadafi está violando los valores fundamentales de la sociedad occidental: libertad, democracia, mercado. Esto deja en una oscuridad atroz a la manifestación y voluntad popular de la sociedad libia: antes bien, sería sólo aquella violación a los valores fundamentales de la modernidad occidental la que habilitaría la injerencia foránea y no la decisión soberana del pueblo libio, según sus propios valores.

De este modo, desde esa perspectiva se reproduce lo que el filósofo liberacionista argentino Enrique Dussel ha denominado como “el mito de la modernidad”, esto es, la construcción de un imaginario en que la “modernidad” debe tutelar, dirigir, enseñar el progreso a las sociedades del atraso, del terror, de la dictadura… En fin, a todo ese inframundo que todavía no ha “evolucionado” según los cánones lineales del propio Occidente. Dentro de este “mito sacrificial”, no sólo la civilización moderna se auto-comprende como la más “desarrollada” sino también con la obligación a “desarrollar” a los más primitivos e incluso ejercer la violencia, debido a que el “bárbaro”, por su propia naturaleza, se opone al proceso civilizador. Las víctimas de la violencia serán, así, un “sacrificio” necesario, un acto inevitable, y el “bárbaro” lavará de esa manera, con su muerte, la “culpa” (oponerse al proceso civilizador), la “guerra justa colonial”.[1]

III

Fue el francés Paul Hazard, el importante historiador de las ideas, el primero que habló de la “crisis de la conciencia europea”. Hazard escribía en un período de entreguerras, intentando comprender la crisis de su presente signado por la guerra y la inestabilidad. Desde su planteo neo-hegeliano interpretaba la postrimería de la gran conflagración de las potencias europeas como una crisis de “conciencia”, movimiento del “Espíritu Absoluto”, y para hacerlo apelaba a la experiencia histórica del resquebrajamiento del sistema de ideas medieval y la consecuente aparición del mundo moderno burgués. Sus fuentes históricas más preciadas eran, lo que él consideraba, la primera “literatura” moderna: relatos de viajes, prueba irrefutable del espíritu aventurero europeo y de una nueva relación de la conciencia con el mundo. En esos relatos aparecían, por primera vez, los “Otros” del europeo: el Sabio Egipcio, el Primitivo Americano, el Místico Oriental, etc[2].

Hazard encontraba allí la fascinación con que esta nueva conciencia observaba al mundo. Pero, en cualquier caso, lo que el historiador francés no apreciaba era desde qué nueva ubicación, desde qué lugar epistémico, esa mirada estaba observando y enunciando. La admiración por la imagen del “buen salvaje” que despertaban los pueblos norteamericanos nativos, por más virtudes que se intentaran encontrar en aquel “primitivismo”, no dejaba de relegarlos al pasado histórico de Europa. “Negación de la contemporaneidad” es la categoría que el antropólogo Johannes Fabian ha desarrollado para hablar de esa operación epistemológica, a través de la cual los “Otros” en el espacio (los pueblos extra-europeos), son reubicados como “Otros” en el tiempo: los pueblos amerindios dejarán de ser culturas diferentes y coetáneas a la europea para pasar a existir en un tiempo histórico anterior, es decir, el pasado europeo, el “atraso”.

Esta alteridad a que el otro no-europeo fue arrojado, nos devuelve a las raíces profundas del mito de la modernidad. Dictaduras, terror, subdesarrollo fueron y son, entonces, dispositivos de legitimación propios del patrón actual de poder: la colonialidad.

En este sentido, el importante intelectual palestino Edward Said explicó de manera más clara y contundente la forma en que la construcción del otro como salvaje y bárbaro operó para el caso de “Oriente”[3]. En su ópera magna Orientalismo, Said afirma: “[el orientalismo] es un estilo de pensamiento que se basa en la distinción ontológica y epistemológica que se establece entre Oriente y –la mayor parte de las veces- Occidente (…) se puede describir y analizar como una institución colectiva que se relaciona con Oriente, relación que consiste en hacer declaraciones sobre él, adoptar posturas con respecto a él, describirlo, enseñarlo, colonizarlo y decidir sobre él; en resumen, el orientalismo es un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente”[4].

Mito sacrificial, negación de la contemporaneidad, orientalismo constituyen, pues, construcciones de una Modernidad que mantiene las raíces epistémicas profundas de la relación colonial, una vez que esta ha formalmente desaparecido. Para pensar la situación de Libia deberemos, entonces, replantearnos la validez universal de los valores de democracia y libertad que los organismos de las potencias centrales intentan imponer, aún a costa de la violencia.

IV

Preguntémonos ahora nuevamente acerca de las explicaciones que Francia, Inglaterra y Estados Unidos brindan acerca de su excursión militar sobre Libia. ¿Alcanza su retórica “salvacionista” para ocultar su lógica imperial? ¿Qué conclusiones debemos extraer de todo esto?

Sin dudas, lo primero, claro, será no ignorar el terror del régimen de Khadafi; régimen que se instauró, evidentemente, con el propio visto bueno de las potencias del Norte que ahora lo desalojan. En segundo lugar, y en consonancia con lo anterior, deberemos estar atentos a la expresión del propio pueblo de Libia, que fue el primero en pronunciarse respecto al régimen. Por último, deberemos negar la negación moderna de la capacidad de los países “subdesarrollados” de regirse soberanamente.

No podemos seguir sosteniendo la legitimidad de la intervención imperialista sobre el supuesto “atraso” y “subdesarrollo”. Nuestra responsabilidad, como latinoamericanos, es la de comprender desde nuestro particular lugar de enunciación e instaurar un diálogo con el Sur global. Para ello, por supuesto, deberemos entender los fenómenos de la política internacional ya no desde la lógica del Centro sino desde las fronteras periféricas, es decir, desde nuestro particular lugar en el mundo, con nuestra historia y nuestra perspectiva. Teniendo presente nuestro pasado, los intentos repetidos de integración de los países de latinoamericanos frustrados por el consorcio imperial-oligárquico, y las vejaciones a que nuestra región ha sido sometida por la intervención de las potencias centrales, debemos negar la continuación del mito sacrificial de la modernidad sobre el que la colonialidad del poder continúa operando. Para ello, deberemos, pues, sostener una vez más el principio soberano de auto-determinación de los pueblos como valor irrenunciable■


[1] Véase Dussel, E., El encubrimiento del otro, La Paz, Plural Editores, 1994, p. 175-176.

[2] Véase Hazard, Paul; La crisis de la conciencia europea, Madrid, Alianza Ed, 1988.

[3] Si bien Libia, como país africano, no corresponde al grupo de países que Europa ha entendido como “cercano” Oriente, sin embargo, en tanto territorio ubicado sobre la cuenca del Mediterráneo y adyacente a Egipto, culturalmente estaría inscripto dentro de un imaginario más general acerca de un “oriente” anti-occidental, junto con otros países de esa zona, ex colonias, tal como Marruecos.

[4] Said, Edward; Orientalismo, Buenos Aires, Debate, 2005.