Una periodista le lanzó la pregunta a quemarropa: ¿Por qué eligió las armas y decidió ser integrante de un grupo guerrillero? La respuesta fue inmediata y breve: “Para que mi hija no sea tu sirvienta, tu empleada doméstica”.

El entrevistado era Felipe Quispe Huanca, más conocido como El Mallku (Cóndor), uno de los líderes del Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK) alrededor de 1990. Había sido detenido por los organismos del Estado neoliberal acusado de alzamiento armado junto al que hoy es el Vicepresidente de Evo, Álvaro García Linera.

Detrás de esa corta respuesta hay toda una estrategia, una visión profunda de la lucha liberadora por la que desde hace tiempo miles de indígenas, obreros, mineros y trabajadores explotados dieron su vida en Bolivia.

Colonialismo y República

 En tiempos del malvado colonialismo, los indígenas regaron con su sangre la semilla de la liberación; la búsqueda de mejor vida, de mayor dignidad; de más respeto a sus derechos sociales, culturales, políticos y económicos. Mientras que en el periodo republicano, ellos, junto a mineros, profesores de escuelas y colegios, estudiantes universitarios, trabajadores de fábricas, vecinos organizados en la periferia de las ciudades, enfrentaron no sólo a los militares dictadores sino a los neoliberales entreguistas de recursos naturales y odiadores de los pobres.

Durante muchos años se sembró la revolución boliviana y desde el 2005 empezó la cosecha. Evo Morales fue el primer Presidente elegido con la mayoría absoluta de los votos tras varias décadas en las que los mandatarios eran encumbrados por élites y escasa votación.

Los excluidos en Bolivia no sólo no tenían derecho a votar sino que además estaban privados de aprender a leer, no podían pisar ni las puertas de un hospital, jamás podían soñar con ser libres. Estaban condenados a ser mandados, a obedecer ciegamente a los administradores del insensible sistema político.

La mentalidad colonialista heredada por los nuevos patrones en la República, hicieron creer que lo indígena era inferior, que los tejidos, la música autóctona, el sistema comunitario solidario de los ayllus, era algo prehistórico, vergonzoso y que había que subirse al tren de un desarrollismo que sólo beneficiaba a unos pocos.

Evo parido por la tierra

Evo no cayó del cielo. Fue parido por la tierra. Esa tierra fue irrigada con rebeliones, con sangre y vida de los guerreros de la libertad. Es un administrador de un proceso revolucionario. Es un símbolo importante. Es un líder único. Pero es más fuerte el auténtico dueño de los cambios que vive hoy Bolivia: el pueblo organizado.

Desde hace casi 5 años, Bolivia no sólo vive un tiempo de cambios sino también una nueva forma de vivir, una cosmovisión más propia. El presidente es el rostro de muchos bolivianos. Evo es fuerte porque tiene el alma, el ajayu (el espíritu) de los eternamente excluidos. Es un instrumento de la comunidad.

La revolución boliviana no es de caudillos ni de líderes enviados por los dioses. Es el fruto de la madre tierra, de la Pachamama, de la comunidad organizada en sindicatos, en juntas vecinales, en sindicatos de mineros y obreros, en federaciones de universitarios, en intelectuales al servicio de las mayorías.

Una de las peculiaridades del pueblo boliviano es su organización y su politización. Desde que uno está en el vientre de la madre ya es revolucionario, porque las mujeres aun embarazadas están trabajando en la mina junto a sus esposos. Y si son solteras están doblando la espalda en la siembra o cosecha.

La universidad de la vida

No pisan escuelas ni universidades pero logran una gran formación política y una capacidad de organización y liderazgo natural. La auténtica universidad está en la cocina, en la fábrica, en la mina, en la siembra, en la parroquia, en el grupo juvenil, en la junta vecinal, en el sindicato y hasta en el bar.

Bolivia siempre tuvo sindicatos, federaciones de maestros, de mineros, de estudiantes. Sus movimientos sociales y populares siempre fueron fuertes. Durante años las armas de combate fueron las huelgas, los bloqueos en los caminos, los debates encendidos, la huelga de hambre.

Ya en 1952 estalló una de las revoluciones importantes aunque, antes, líderes indígenas se rebelaron contra el sistema. No faltó la traición y el miedo. Muchos de los revolucionarios fueron acribillados por los dueños del poder de turno. Pero la tierra siguió pariendo rebeldes.

Una histórica de organización de todos los trabajadores fue, y aún es, la Central Obrera Boliviana (COB) que acoge a todos los sindicatos y movimientos sociales del país. Pese a los golpes que recibió de los dictadores y neoliberales, está de pie.

Democracia sin intermediarios

Hasta el 2005, en Bolivia,

los explotados no se atrevieron a votar por sí mismos. Fueron escalera de los neoliberales. En realidad era la democracia con intermediarios, la democracia representativa. Los k’aras (blancos) eran los “representantes” de los indígenas. El colonialismo hizo creer que los indios nunca podían mandar. Habían sido “educados” para obedecer ciegamente.

Fueron los sindicatos, los movimientos populares y sociales quienes un día decidieron construir un Instrumento Político. Ya no más intermediarios o democracia representativa. Basta de dejar el poder en otras manos. Había que tomarlo con las mismas armas del sistema, es decir, el voto.

El sindicato fue un gran escenario de análisis y de organización. Por todos lados había pruebas de que la democracia representativa y formal sólo servía a las élites. Los elegidos “democráticamente”  tomaban en cuenta al pueblo para la votación y nunca para las decisiones importantes.

Es así que jactándose de contar con el apoyo del “soberano” que votó en las urnas, aprobaron leyes opresoras por mandato del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. Pusieron a la educación y la salud como algo sin importancia, aplicaron más impuestos, bajaron salarios, más del 90% no tenía jubilación, el analfabetismo era un castigo para casi el 90% de la población, miles se morían por falta de una aspirina, unos tenía un centímetro de tierra y otros miles de hectáreas.

Regalaron a las empresas extranjeras el gas, el petróleo, los minerales, las tierras. Hasta el agua quisieron convertirla en negocio y por ello estalló la Guerra del Agua, la Guerra del Gas. El pueblo le puso el pecho a los tanques de los demócratas opresores.

Los neoliberales fueron tan crueles como los milicos dictadores; tenían como dios a EE.UU, al que se sometían sin dignidad. Con Evo, el embajador norteamericano fue echado del país cuando hacía lo de siempre: entrometerse en asuntos internos y conspirar con la derecha criolla.

Los sindicatos y los movimientos sociales organizados en Bolivia parieron no sólo el gobierno de Evo sino también una revolución que hoy está viento en popa pese a los intentos separatistas de las élites terratenientes, la conspiración de los lacayos del Imperio y los infaltables medios de comunicación alcahuetes del sistema.

El palacio del pueblo

El Palacio Quemado de La Paz ya no es más el de las alfombras rojas y el de las corbatas finas. Sus pasillos huelen a indígena. Todos los días hay ponchos, abarcas, guardatojos mineros, polleras de campesinas.

Si en 1990, El Mallku decía que se había levantado en armas para que su hija no sea empleada doméstica de los patrones; en el 2005, una “trabajadora del hogar” se convirtió en Ministra de Justicia, un aymara llegó a ser Canciller, un minero ocupó la cartera de su sector.

Fue un escándalo. El Colegio de Abogados puso su grito en el cielo porque una indígena era Ministra de Justicia sin haberse puesto siquiera ese horrible traje de doctores.

Las amas de casa protestaron porque las sirvientas empezaron a gobernar desde los ministerios. Los de piel oscura, dejaron de ser los eternos choferes, mensajeros, limpiadores de baños. Empezaron a mirar de frente y hablar fuerte.

En los curules del Parlamento –escenario donde antes los neoliberales se llenaban el ego con sus trajes europeos y brillaban sus corbatas de todos colores- apareció la ropa de las 36 naciones de pueblos originarios. En los desfiles ya no sólo aparecieron los burócratas sino también el pueblo verdadero con indígenas excluidos.

Cada vez hay más alcaldes, concejales, diputados, senadores, jueces, militares… paridos por la tierra auténtica. Nunca un indígena podía soñar con ser general del ejército, estaba condenado a ser el sirviente del militar con más estrellas. Hoy, hay jóvenes indígenas que se preparan para ser los futuros generales.

Combate al racismo

Es cierto, hay mucho por cambiar. Aun en estos tiempos se dieron actos de racismo y humillación contra los campesinos. En Pando, un cacique, que durante 40 años sometió al pueblo como si fueran los bienes de su hacienda, mandó a masacrar a indígenas rebeldes. En Sucre los indígenas fueron escupidos, desnudados y humillados, sus tejidos quemados por el sólo hecho de no rendir pleitesía a los herederos de la colonia.

En la actualidad está en debate una ley contra el racismo y la discriminación. Los intolerantes de lo pluriétnico tendrán hasta 7 años de prisión.

Con Evo no sólo hubo cambio de gobierno sino también de sistema. Contra todo un plan derechista que incluyó racismo y violencia, hubo una Asamblea Constituyente que dio a luz una Nueva Constitución Política del Estado. Bolivia dejó de ser República y se convirtió en Estado Plurinacional.

Se eliminó el anafalbetismo, la atención sanitaria creció, se empezó a repartir tierras a los pobres, se mejoraron los salarios, en cinco años no hubo déficit fiscal, la deuda externa bajó, hubo crecimiento económico, las exportaciones se multiplicaron. Hay más caminos, más escuelas, más hospitales, más fábricas. Pero sobre todo hay más dignidad y menos vergüenza de la identidad■

Junto a los grandes cambios socio-económicos, se está yendo por el camino de la descolonización y del vivir bien, del ser más y no del tener más, del ser más auténtico y no de imitar los foráneo.

Sindicalismo revolucionario

El sindicalismo en Bolivia no es prebendal, no es la ocasión de un gran negocio. Los líderes se juegan por las ideas y no la billetera o los subsidios. No hay sindicalistas millonarios. Casi todos mueren con lo necesario. Sólo así pudieron parir la revolución. Y la revolución es una siembra colectiva y permanente. Nunca es de unos pocos ni está acabada. La cosecha también tiene que ser colectiva.

Los gobernantes no son intocables. Está vivo el control social de los sindicatos y movimientos populares. Ninguna autoridad tiene el cargo asegurado. Es constitucional el referendo revocatorio. Es decir aquel que no sirve al pueblo, debe marcharse. Es el gobierno del pueblo organizado.