La figura del extranjero siempre ha sido fascinante. Alguien venido de lejos que rompe el “nosotros” y con su mirada o su sola presencia quiebra la calma chicha de la semejanza. ¿Por qué? Porque no se nos parece, o tiene otros hábitos, o simplemente viene de allende la frontera para ganarse el pan o conocernos. Los palurdos de siempre dirán que el extraño viene a robarnos el trabajo, los hospitales, la asistencia social pero lo cierto es que los extranjeros han poblado el mundo desde que los albañiles lo alzaron de la tierra yerma porque todos lo somos.

Todos en el fondo descendemos de barcos y migraciones variopintas, o todos hemos descendido de nativos que fueron volviéndose a fuerza de opresiones extraños en su propio país. Alguien tuvo el mal tino de poner un alambrado en algún lugar y a partir de allí gente que sangra, defeca y trabaja igual que otros millones pasó a ser un oponente, un enemigo, alguien que disputa nuestro lugar en el mundo. Pero esos tipos se cansaron de aportar a la vida de la gente, no solo con mano de obra barata que los señores de la derecha rancia hipócritamente ningunean. Los extranjeros fundaron la filosofía, pintaron, escribieron, compusieron música y plantaron la pampa húmeda sin importarles las aduanas y el visado. Por eso 5 discos 5 para quienes vagan por el mundo buscando un lugar donde sentirse como en casa, porque siempre hay alguien que al soñar se dice “no hay lugar como el hogar”■


Escape from Babylon – 2009 Alberto Alborosie. Un músico italiano, blanco, que emigró a Jamaica y es en la actualidad el mayor exponente del reggae. Es un gran ejemplo de lo que hace un migrante en un contexto favorable. Enamorado de un sonido y de la cultura que lo sustenta, Alborosie se instaló en la cuna del género para mamar desde allí sus formas más primarias y reelaborarlas (pero no mucho) para un público que busca ir más allá de los padres fundadores pero sin despegarse del todo de la tradición. Desde la militancia antibélica, la denuncia a la cultura de las drogas sintéticas, el regreso de África y a la tierra prometida, lugares comunes del discurso rastafari, presenta un disco correcto, amable, con vínculos con el Marley más conocido. Un ejemplo de mixturas culturales, de afortunadas mezclas.

 

Corpiños en la madrugada – 1983 Sumo. Otro italiano. Pero que fue educado en Inglaterra y a causa de su adicción a la heroína hizo lo que todo drogadicto hace cuando se harta de su adicción: se va  a donde no vendan lo que consume. Y vino a la Argentina, para beneplácito de los forjadores de leyendas a quienes dio material para tejer sus historias. Luca Prodan, factótum de Sumo, trajo consigo no solo una vida de excesos sino un sonido cuyas múltiples interpretaciones constituyen el ADN del rock actual que va desde Divididos, Las Pelotas, y el free jazz de Roberto Pettinato. Un contundente sonido low-fi que fusionaba aires reggaes, post-punk y rock británico de una densidad y una oscuridad nunca antes visto en estas pampas. La mirada de un extranjero para desnudar lo que nos habitaba.

 

Mi Tierra  –1993- Gloria Estefan. En el boom del revival latino que a principios de los noventa reinstaló el bolero en los charts, la mujer que más hizo por acercar los aires del Caribe al pop se despachó con un disco de antología. Exiliada cubana en Miami, militante anticastrista, ha dejado lugar en cada una de sus producciones para el recuerdo de la tierra que abandonó cuando niña junto a sus padres. La estética del bolero cubano de los cincuenta (entiéndase antes de la revolución) fue el marco ideal para todos los tópicos de la añoranza, la nostalgia del amor pasado y el recuerdo de la tierra allá a lo lejos desde la cual se oyen los gritos de los tambores y los timbales al cumbanchar. Un disco genial para escuchar, bailar y llorar.

  

Buena Suerte – 1991 Los Rodríguez. Cuando los Argentinos comenzaban a pensar en la madre patria como puerto seguro para sobrevivir al menemismo, los muy jóvenes Andrés Calamaro y Ariel Roth (quien siendo un adolescente emigrado fundó el pop español con el grupo Tequila) confluyeron en una de las bandas que sacudió la modorra ochentosa de la España post-destape con un disco de una frescura aún perdurable. Rock y pop alegres de un Calamaro que aprendió a moverse en la movida madrileña como un pez en al agua y que construyó a partir de allí el prestigio que acompañó a los Rodríguez el tiempo que duraron juntos y a cada uno de sus integrantes en sus carreras solistas. Una banda fundamental de emigrantes/inmigrantes en un lugar que por unos años fue un buen lugar para emigrar y que ya no lo es tanto.

 

 Junk Science – 1998 Deep Dish. ¡Dos inmigrantes iraníes! nacionalizados estadounidenses que inventaron el género electrónico más original y bailable de los noventa y cuyos ecos reverberan aún en toda la música electrónica. El deep house, un sonido envolvente de golpes profundos, bailable y afrodisíaco, que no abusa del volumen ni de la velocidad, que apunta a las texturas y a los pequeños sonidos escondidos y superpuestos entre capas, es el resultado de la tecnología pero también del buen gusto de estos dos productores de tierras lejanas y castigadas por el autoritarismo. Música para remixar una y otra y otra vez, multifunción, atemporal y carente de fronteras, más acá de la globalización y más allá de los nacionalismos pelotudos que pueblan en mundo. Pura maravilla venida de ningún lugar dirigiéndose hacia todas partes.