Hace algunas semanas Ángela Merkel, canciller alemana, dijo algo que por  su lugar en la distribución mundial del poder y por las asociaciones que despierta la historia de su país sonó a tenebrosos augurios para los migrantes del mundo “la sociedad multicultural ha fracasado completamente”. Eso no sólo da cuenta de un fantasma merodeado sobre las políticas actuales sino también de un problema con el que las sociedades no se acostumbran a lidiar: la cuestión de los extranjeros. Tema caro al ideario de las derechas reaccionarias, siempre vuelve a surgir con múltiples rostros cuando las crisis estallan. Es uno de los puntos de fuga hacia donde se dirigen las miradas de quienes no están dispuestos a reflexionar sobre las causas de sus propios errores. La incapacidad de las distintas sociedades por asimilar a los migrantes se encuentra basada en un dispositivo perverso, los necesita como mano de obra barata y a su vez como una entidad negativa desde la cual aglutinar todos esos difusos caracteres que constituyen “el ser nacional”.


La generación del ochenta, aquella que se vio en la obligación de pensar y repensar el rol de los inmigrantes en la Argentina a principios del siglo XX, trató la cuestión desde una óptica distinta (aunque no menos brutal) que la mencionada canciller dio por muerta. Sus resultados fueron otros. Merkel lo dijo en medio de una crisis del sistema financiero capitalista que no le permite a Alemania asimilar las oleadas migratorias, en especial de turcos, que desde los sesenta llegan a ese país. La excusa es cultural, los motivos económicos. La generación del ochenta se encontraba en un contexto internacional favorable que requería de mano de obra no calificada que le permitiese sostener el crecimiento de su producción agrícola; crecimiento conseguido gracias al genocidio de esos otros eternos extranjeros en su propia tierra que son los pueblos originarios. Los inmigrantes llegaron y se encontraron con una tierra parcelada en propiedad de otros. No con la de los panes y las mieses. Muchos de ellos, trajeron consigo las ideas revolucionarias y anarquistas que hacían de Europa la bomba de tiempo que hoy sigue siendo. Para controlar esas ideas que abonaban el descontento de quienes buscaban una tierra de oportunidades y encontraron otra cosa, los distintos gobiernos nacionales buscaron a través de una educación pública, represiva y homogeneizante aplacar las diferencias y las distintas nacionalidades, integrar de prepo o expulsar. En Chile, en la década del sesenta, el dictador Augusto Pinochet refiriéndose a los pueblos originarios sentenció “en chile sólo hay chilenos” y con eso buscó hacer lo mismo que sus vecinos, borrar lo diverso que hay en la sociedades,  los orígenes que la constituyen, aquello que las mantiene en diálogo consigo mismas.

El migrante es alguien que no puede tener en su tierra el estándar de vida que pretende. Porque es pobre y tiene hambre, porque pertenece a una clase media cuyas expectativas de vida no se satisfacen, porque son perseguidos políticos, religiosos o económicos. En suma, el migrante es una persona que está en busca de algo que le falta, por lo que es un carenciado y como tal es tratado. ¿No es esa la visión que se tiene de los bolivianos, paraguayos, peruanos, y coreanos? ¿No escuchamos en boca de ciertos medios y ciertas personas que los migrantes vienen al país y copan hospitales y escuelas públicas porque aquí tienen los que en sus países no? Y cuando a pesar de esa indefensión consiguen sobreponerse a fuerza de trabajo, ¿no habita una malsana envidia que cuestiona su progreso haciendo foco en su capacidad de ahorro, en su descuido por la legalidad y la seguridad laboral? La Lic. Zaira Marchetto, psicoanalista, hace pocos meses, en nuestro número dedicado al tema “El Otro” recordó en una nota exclusiva de nuestro portal que el prejuicio “se explica en base a una teoría psicosocial acerca de la frustración y la agresión”. (…) que el “prejuiciado” funcionaría como una especie de chivo expiatorio, un “depositario de todo lo negativo y todos los males de la sociedad”. Sirva eso como referencia para pensar las mezquindades de nuestro sentir con respecto al grupo en cuestión que sí paga sus impuestos como cualquier compatriota porque al comprar desde alimentos o cualquier bien, en este país como en cualquier otro, se paga un impuesto al consumo. Quien consume, paga. No importa qué, no importa quién, paga. Pensar en términos de fronteras y aduanas en un mundo que no le pide visado a los capitales y sí a las manos que más tarde o más temprano lo sostienen en sus ganancias es el mismo error de quien, para parar la hemorragia, aplica un torniquete en el cuello.

El cantautor Facundo Cabral dice en una canción que el mundo era un buen lugar “hasta que llegaron ellos, los que dividen y matan, los que roban, los que mienten, los que venden nuestro sueños. Ellos son los que inventaron esta palabra: extranjero”. Para tener en cuenta cuando se lee o escucha a gente como Merkel, Sarkozy, Berlusconi o cualquier hijo de vecino que reproduce lo que escucha en Radio 10 sin pensar un instante en lo que dice■