El siglo XXI encuentra a la Argentina pensándose a sí misma: trabajadores en busca del fifty-fifty, masas de jóvenes que no se parecen a lo que propone Cris Morena, ley de matrimonio igualitario, sociedad que se amplía… Básicamente, un Estado que interrumpe el flujo constante de capital. Esa deshumanizada fuente de un poder mundial hegemónico que sobrevive en el país a pesar de su gobierno, que tuvo su esplendor en los 90´s y que no solo produce más pobres, desigualdad y marginación. Para los que pueden seguir comiendo los espera ser alguna de estas caricaturas: homosexuales hiperfrustrados, lesbianas fantasma o con olor a hombre, heterosexuales homofóbicos pero tolerantes, hombres y mujeres mutilados para ser mujeres u hombres mutilados. Es el flujo libre de capital apropiándose de los cuerpos.

Pensar el cuerpo que habito y su sociedad me lleva indefectiblemente a un autor y su libro madre: Lo sublime y lo obsceno de Sandino Núñez, un filoso filósofo uruguayo. De él, a quien hay que releer, tomo su modalidad retórica – crítica de cortes, “Organizar la reflexión en cortes supone o bien admitir de hecho la validez de cierta manera hegeliana de barajar y repartir las formas y las figuras elementales del sentido, o bien creer en la pertinencia de traer la estrategia Hegel de regreso al debate político contemporáneo”.

El enemigo, identificado por el autor, es el flujo constante de capital; y, de la misma forma que Sandino, se para desde una periferia pobre y latinoamericana rechazando la crítica post estructuralista europea, iluminando lugares que es necesario atacar o reforzar, conduciéndonos hacia una estrategia que “…eduque, gobierne y resista a la obscenidad destructiva del capitalismo actual”. Es menester, a la hora de pensar políticas de género, utilizarlo para que no sean funcionales a esta obscenidad.

En esta mini aventura de género por introducir algún corte con sangre charrúa pero populista propongo tres: sexualidad y formas/formas como sexualidad; militante/activista; dirigente/candidato.

En el primer corte, sexualidad y formas/formas como sexualidad, es clave dónde se ubica la elección. En función de eso el capital avanza o no. ¿Entendemos la sexualidad como dada y elegimos la forma de vivirla? o ¿la sexualidad y la forma de vivirla como dadas?, me juego por afirmar la primera y rechazar la segunda.

No tiene sentido discutir por qué me gusta tener sexo con hombres si no voy a discutir por qué me gusta el flan con dulce de leche y crema. La sexualidad no se elige y es tarea personalísima, sin recetas, conocer esos gustos. Lo que elegimos es la forma de vivir esa sexualidad. Si asumimos formas que explican nuestros gustos, si aceptamos recetas para explorarlos, hoy en el siglo XXI quien impone formas es el mercado. Si no ubicamos la elección en la forma de vivirla simplemente las consumiremos creando modernos frankenstein que responden al flujo del capital: gays súper anabolizados, sin pelos o en exceso, dorados, con 8 hs. de gym diarias. Su gusto por el flan es una carencia de masculinidad que necesita ser compensada por una adicción a los esteroides. O más traumático: mujeres encerradas en cuerpos de hombres que deben mutilar sus genitales para obtener un cuerpo de mujer heterosexual. Una mujer que tampoco está a salvo de las imposiciones constantes, solo resta ver la cantidad de dólares invertidos en el monstruo Moria Casan.

Gay, travesti y mujer como objetos de consumo, como objetos que se consumen, nichos de mercado, pura forma, forma como sexualidad. No hay lugar para pensarse, no hay lugar para elegir.

El segundo corte, militante/activista, nos invita a pensar desde un recorrido histórico las formas de encarar las luchas de la diversidad. Podemos irnos hasta los antiguos y forzar una bisexualidad aparente. Tomar este punto de referencia como ejemplo de lucha sería falaz. Es otro mundo y debemos respetar la forma de traerlo al nuestro. Lo que nos debe importar de la historia de la homosexualidad, y así tejer nuevas políticas de género, son los momentos en que fue clasificada, el para qué y cómo se resistió. La homosexualidad, como palabra, que encierra las relaciones entre personas del mismo sexo, se popularizó en la Inquisición medieval como animal a perseguir. Esa misma palabra se convierte en resistencia, en orgullo, durante el siglo pasado en sociedades occidentales modernas que todavía no conocían el potencial del capital financiero. Había más Estado, más panóptico, la opresión era vertical e institucional, la homosexualidad como bandera era un verdadero quiebre, el ejemplo argentino es la CHA, Comunidad Homosexual Argentina.

Todavía quedaban dos mundos. Luego, vendría la caída del muro, la consolidación de Estados Unidos como potencia hegemónica militar y económica a partir de la creación de un sistema financiero que absorbía los dólares de la nacida O.P.E.P (Organización de Países Exportadores de Petróleo) y los colocaría como deuda en América Latina. El capital no encontraba límites para fluir y toda institución conocida empezaba a ser prostituida. Los homosexuales dejaron la resistencia y pasaron a ser gays: hombres bellos, con alto poder adquisitivo, con un montón de lugares gay friendly para colocar ese dinero, nuevamente categorizados, nuevamente clasificados, ya no por un poder medieval, sino por agencias de marketing.

El gay como nuevo mercado tiene su representación social en el activista, se nuclean en asociaciones con nombres infinitos según las nuevas caricaturas que van surgiendo: lesbianas, gay, transexuales, travestis, intersexuales, transgénero, bisexuales. En cambio el militante de la diversidad no se entiende parte de una masa amorfa sin ideología, es parte de un movimiento o partido que reúne múltiples necesidades y derechos que hacen a la sociedad – Estado. Deseo, se me permita decir, los putos son militantes, los gays son activistas.

El resultado político, de asociaciones donde la sexualidad es bandera, frente a movimientos sociales donde la sexualidad no determina al militante pero los considera son: por un lado, adquisición de derechos para las minorías, para los activistas, que pueden convivir con sociedades donde el capital fluye y destruye; y por el otro, ampliación de la ciudadanía, para los militantes y la sociedad en su conjunto, donde se aprueba una ley de matrimonio igualitario junto con la asignación universal por hijo.

Cesar Cigliutti, presidente de la asociación Comunidad Homosexual Argentina (“La CHA”), fue uno de los grandes impulsores de la ley de matrimonio igualitario. Pero también se lo vio en la calle defendiendo a las AFJP, instrumentos financieros al servicio de las grandes corporaciones que tenían apropiado el dinero de los trabajadores. Diametralmente opuesta, Marlene Wayar es una militante que forma parte de un Frente Nacional y Popular de la Diversidad Sexual, trabaja con Madres de Plaza de Mayo, peleó por la ley de medios, aplaude el matrimonio igualitario y milita la aprobación de una ley de identidad de género.

El último corte que propongo, dirigente/candidato, se nutre del movimiento obrero organizado. El dirigente sindical se debe a sus trabajadores, es un trabajador más, un militante que puede y debe formar parte de los espacios políticos, en sí confluyen las distintas expresiones de los trabajadores, sean de género o no, si no lo hace no sobrevivirá frente a trabajadores concientizados. Pongamos como ejemplo el plenario de delegados judiciales, con su secretario general, el dirigente Julio Piumato, cuando se menciona la aprobación del matrimonio igualitario y el público estalla.

El candidato no se debe a nada más que ganar una elección, se debe al marketing político, a esos trabajadores que también venden Pepsi. Sus políticas serán determinadas por el tan mencionado mercad. Tengamos en cuanta el lanzamiento de Macri, candidato a ser reelegido -tiene en su haber el boicot al casamiento de Alex Freyre y José María Di Bello y el vaciamiento de los hospitales públicos-. Su fuerte es el marketing: muchos globos, muchos colores. Casualmente, los mismos que utilizan los gays.

Cortes que dibujan caricaturas que deben ser borradas. Cortes para alertar: ser una caricatura vulgar y grotesca va de la mano de una sociedad sin Estado, sin trabajadores organizados, sin nada que interrumpa el flujo constante de capital que la única ley perversa que entiende es la ganancia. Esta no es la Argentina que estamos construyendo en el siglo XXI. Las políticas de género y sus actores deberán pensar que formas asumen y elegirlas, deberán renovarse■