«El cuerpo es como un puro espíritu: se contiene por entero a sí mismo y en sí mismo, en un solo punto. Si se rompe este punto, el cuerpo muere. Es un punto situado entre los dos ojos, entre las costillas, en el medio del hígado, todo alrededor del cráneo, en plena arteria femoral, y aún en muchos otros puntos. El cuerpo es una colección de espíritus.”  Jean-Luc Nancy, 58 Indicios sobre el cuerpo

La contradicción: el cuerpo que nos hermana, nos iguala y en simultaneidad nos individualiza como nada más lo hace.

Artefacto perfecto, dispositivo en sincronía e incertidumbre, impredecibilidad cardíaca.

Todo en convivencia. Paz y guerra.

Belleza profunda y recorrido cotidiano de desechos escatológicos.

Amor y odio: las mismas manos que alimentan y mantienen con vida al nuevo cuerpo también pueden matarlo.

Nos da la leche y nos da el cáncer.

El mundo a imagen y semejanza.

Miramos un cuerpo y solo vemos a aquel o a toda la especie en él.

El cuerpo es uno para quien lo lleva y es también cientos de miles atravesado por los ojos que lo observan.

Y pasar al contacto de los cuerpos es abrirse a un sinfín de posibles certezas o dudas. El cuerpo ajeno es dibujado por las manos que lo acarician. Porque los contornos ya están delimitados para quien posee ese cuerpo, pero el tacto visitante hará de él algo nuevo, remarcará ciertas líneas pasando por ellas una y otra vez, buscará lunares, cicatrices, marcas desconocidas, tendrá acceso a lugares insospechados.

Cuando algo es cotidiano, habitual, pareciera que la sorpresa ha sido conquistada, invadida por el ejército de la costumbre, lo predecible… Pero el tedio no cuenta con suficientes fuerzas para hacer frente a la pausa, a la reflexión, a la contemplación.

Si se toma distancia, si hay un detenerse, el cuerpo sorprende.

La infancia lampiña, con huesos a escala reducida, con pechos igualmente chatos que no marcan la diferencia entre ella o él.

Hasta que la cosa cambia y es tan explosivo como levantarse un día para recorrer el mercado de los corpiños, inédito hasta ese momento.

Algo punza en los ovarios, puja por caer. Hasta entonces, niña, eras solo una potencial reproductora.

Entender que a partir de esa mancha, de ese banderín de largada ya podes albergar otro (cuerpo), en tu vientre se advierte, se dimensiona mucho tiempo después.

A medida que, imparable, la arena cae de un lado a otro nos pertenecemos más y tomamos posesión de cierto estilo que no disocia esa forma de pararse, de mostrarse, de gesticular con quien es pensamiento, ideas, además de cuerpo.

El cuerpo que nos contiene, nos expresa frente al mundo de los otros y de las cosas.

¡Tanto más fácil es verse en aquel que no soy yo que buscar, encontrarse, en la propia imagen que reciben nuestros ojos frente a un espejo!

El cuerpo es el mejor traductor de sensaciones, con los sentidos a disposición para todo tipo de experimentación. Ahí está; tú, bella, pequeña, ganchuda, mediana nariz que da paso al aroma o al olor, el adecuado o el desagradable, que enciende un recuerdo o lo oscurece por completo. Entonces, el sonido de un llanto, el gemido de la última respiración antes de caer de rodillas ante la herida o el amor.

Sostener entre tus brazos, tus piernas, al hijo, al amante, acariciar la cabeza de tu anciano padre, consolar a un amigo.

Saborearlo todo. Sentir lo amargo de la traición, de la bilis por el asco de lo injusto o la frescura de lo saludable, la dulzura de la libertad, de la decisión.

Y por fin vernos.

De una vez por todas vernos, cruzarnos, miradas, paisajes, lugares, sucesos, letras.

Hasta gastarnos y dejar de ser cuerpo para ser mundo■