Mariano Moreno y un teatro de operaciones se titula el espectáculo teatral del grupo “El Bachín Teatro” actualmente en cartel (hasta el 26/05/2011). Una propuesta original e interesante de la escena actual que nos servirá aquí de texto y de pretexto para pensar algunas cuestiones vinculadas al cuerpo: al cotidiano, al del actor (el que se muestra y el que miramos), al que le atribuimos a las figuras históricas y al que somos los pueblos hermanados.

 La obra

Mariano Moreno y un teatro de operaciones, obra presentada como seria comedia política, pone en escena a un grupo de teatro tratando de contar la vida de Mariano Moreno. A partir de esta idea original surgen disputas y resistencias: al interior del supuesto grupo teatral, en relación al modo en que se llevará a cabo la puesta y a los intereses opuestos de los actores y el director; hacia el afuera con grupos sociales y políticos que se manifiestan en contra del narrar la historia de la Revolución de Mayo a partir de la figura del mencionado prócer.

 En el programa de mano de la obra, “El Bachín Teatro” cuenta sus motivaciones: “Es posible descubrir en Moreno como en los hombres de Mayo, además de pasión, convicción y entrega a un ideal, la certeza de una voz que nos habla en presente. Una invitación a pensar un país, pensar en su liberación, pensar en los obstáculos para concretar esa meta. Una invitación a entrar en conflicto, sin duda un conflicto abierto, permanente, en disputa: un conflicto Bicentenario.”

 Pero, como no es intención de la autora de este artículo (que en este caso vengo siendo yo) realizar una crítica cabal de este espectáculo, estimados lectores, quienes quieran saber más acerca de la obra tendrán que apurarse para aprovechar las últimas funciones de la obra en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini. Ahora sí, como el cuerpo es un gran territorio de conflictos, adentrémonos en el tema que nos ocupa.

 

El cuerpo como pura presencia en el teatro

 “En la era de la memoria electrónica, del filme y la reproductibilidad, el espectáculo teatral de dirige a la memoria viva, que no es museo sino metamorfosis.”[1]

 Lo interesante en este punto es observar que en Mariano Moreno y un teatro de operaciones los actores son a la vez actores que hacen de actores que hacen un personaje, lo cual ya nos presenta una tríada particular: un sujeto que cuando baje del escenario recuperará y volverá a asumir su personaje de la vida real más un personaje que actúa a otro recurriendo al procedimiento brechtiano de presentarlo en lugar de encarnarlo, con múltiples referencias al espectador del fuerte carácter de representación a la que asiste. Y como indica la cita que antecede a este párrafo, con la cercanía propia del teatro donde el actor es pura presencia viva interpelando, interrelacionándose y afectando al espectador, presente este también allí con todo su cuerpo (aunque muchas veces se crea, erróneamente, que el espectador occidental es puro ojo).

 Unas palabras de Ricardo Bartís pueden esclarecer aún más este asunto: “Desde el espectador hay una relación compleja de atracción y rechazo por el actor. Un permanente vaivén entre identificación y distancia. Esto se ve más claramente en el género cómico, dada la degradación, la ridiculización que se realiza de ciertos tipos, de ciertos comportamientos humanos. Además está la especie de rebeldía que implica el pretender romper con la cáscara formal que aprisiona la vida cotidiana. La sola presencia del actor resulta enojosa porque encierra un reclamo o la evidencia de que el cambio es posible. El actor, por un lado despreciado o rechazado por esa jactancia que tiene de venir a hablarnos de nosotros mismos, por otro lado es el depositario de muchas fantasías e identificaciones[2]”.

 

Cuerpos peligrosos (¿y la mente, es parte del cuerpo?)

Segunda cuestión, la obra presenta a una figura de nuestra historia. El interrogante no se hace esperar ¿cómo debería presentarla? En conflicto parece una buena propuesta. En la trama, el Moreno con que contaría el grupo no está, se fue, no lo encuentran. La solución: un reemplazo de último momento. Pero no tiene la prestancia, la presencia, y claro…. no es, pero bueno… siempre se puede emprender la tarea de construirlo; en definitiva el cuerpo, digo nosotros somos eso, una construcción en devenir a lo largo de toda nuestra vida.

  Ahora bien, si se construye la imagen de un prócer ¿cómo se lo muestra? Hay un escena en el que el “falso Moreno de reemplazo” propone al director que varios actores en simultáneo representen a Moreno, el ejercicio se realiza y resulta que frente a preguntas simples como “¿Usted cómo se llama?” todos responden al unísono, sin inconvenientes y sin cavilaciones. Pero cuando las preguntas son profundas, comprometidas… aparece la duda, la confusión, la diferencia. El “falso Moreno” vuelve a proponer algo del estilo de: “preséntelo como un hombre verdadero, con conflictos.” La respuesta del director es rotunda: “¡Es un prócer!” ¡Justamente!, debiéramos responder todos a viva voz, porque la forma en que representamos a las figuras relevantes de nuestra historia también habla de nosotros, también nos representa y nos organiza una idea de capacidad de acción.

Y aquí se nos presenta otro tema: ¿lo que se piensa es parte del cuerpo? Vivimos inmersos en la dicotomía cuerpo – mente y en otros tantos prejuicios relacionados: si es inteligente seguro que es malo haciendo deportes, belleza o inteligencia. Si a esto le sumamos la promoción constante del mejoramiento del cuerpo… ¿Será que tal vez el pensar se traduzca en una práctica peligrosa? ¿Para quiénes?

  Sin embargo, en nuestra historia los cuerpos con toda su corporeidad a cuestas (ideas y acciones) también demostraron ser reductos peligrosos. ¿Entonces? Necesario e inminente desaparecerlos. ¿Esconderlos? ¿Enterrarlos? No, mejor hundirlos, no sea cosa que retornen. Como retorna, en el trabajo del Bachín, Moreno desde el fondo del mar, revolucionario, agraviado, envuelto en bandera inglesa y arrojado del buque en que lo encontró la muerte. Si sabremos nosotros de cuerpos lanzados a aguas profundas y qué tiempos los que corren, que estos días para algunos la justicia huele bien a podrido y a venganza y estas horripilantes prácticas también retornan.

 A modo de cierre, y porque tendrá que ver (pequeño guiño para aquellos lectores que hayan visto o procuren ver el espectáculo), un fragmento del prólogo a la traducción que el propio Moreno hizo de El contrato social de Rousseau, para pensar también en ese gigante cuerpo que somos los pueblos y en nuestra inmensa fuerza aún dormida, contenida:

 «Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía»■

 


[1] Barba, Eugenio. “La canoa de pape.” Buenos Aires, Catálogos, 2005.

[2] Bartís, Ricardo, Cancha con niebla (Teatro perdido: fragmentos) Buenos Aires, Atuel, 2003.