Si tuviéramos frente a nosotros una pileta con agua bien helada y tuviéramos que tirarnos en pleno invierno, seguramente, la mayoría de nosotros elegiría tirarse de “bombita” o de “clavado” antes de ir mojándose poco a poco. Esto es un poco lo que sucede con los planteamientos teóricos que pretendemos abordar en esta nota ya que pensar nuestra realidad latinoamericana y sus distintos procesos de cambio (o revoluciones) desde el marxismo latinoamericano es casi tan arriesgado como tirarse a una pileta gigantesca con agua bien helada.

 

I– De marxistas australophitecus a populistas nac & pop

Partimos de la siguiente hipótesis: por más teoría que uno desarrolle y lea no existe una “receta” para producir un cambio social o una revolución; pero si hay algo que sabemos es que la reflexión teórica siempre corre detrás de la realidad para desandar los caminos que los pueblos y líderes han hecho y para evaluar cuáles son las mejores tácticas y estrategias para recorrer.

Algunos podrían decir que marxismo latinoamericano es una contradicción en sus propios términos, ya que Marx, Engels, Gramsci, Lenin o Trosky pensaron sus obras teóricas y prácticas desde sus propias realidades sociales, políticas y económicas -la Europa del siglo XIX y XX- y que las transformaciones en el modo de acumulación capitalista fueron distintas a las de nuestro siglo, en principio, pero más aún a las de Latinoamérica.

Es por esto que la reflexión desde Latinoamérica debe emprenderse desde un marxismo latinoamericano y no desde un marxismo en Latinoamérica. El primero supone un pensamiento original, innovador y creativo; el segundo, no es más que la reproducción conceptual lineal de realidades y conceptualizaciones ajenas. La propuesta, entonces, es fundir los dos conceptos –marxismo y latinoamericanismo- en uno, y así pensar el marxismo como una estructura analítica flexible hacia la realidad específicamente latinoamericana.

Sabemos también que la relación del marxismo en Latinoamérica es bastante controvertida, ya que durante mucho tiempo el marxismo divulgado desde la Unión Soviética fue un marxismo determinista, evolucionista y mecanicista. Estos manuales programáticos elaborados en la URSS (y tomados por muchos intelectuales contemporáneos para criticar al marxismo) difunden los textos económicos más deterministas de Marx y “olvidan” –si se nos permite la ingenuidad- gran parte de la obra política de Marx.

Pero por otro lado, no deja de ser cierto que tanto Marx como Engels no escapan ilusos a su propio eurocentrismo, e incluso desprecian a los países que hoy son dados en agrupar en el concepto de “tercer mundo”, imponiéndoles el determinista desarrollo de las fuerzas productivas con los propios elementos de producción de Europa. Para ilustrar concretamente estas aseveraciones es necesario recordar aquellos escritos sobre la India, donde valoran la colonización inglesa por el progreso que ella traería, así como cuando festejan la anexión de México a EE.UU y el artículo que le escribe Marx a Bolívar.

Sin embargo, habría que dejar un lugar para preguntarse si la obra de Marx fue solo así o por alguna decisión política se sigue difundiendo al marxismo en su parte más “determinista”, aún sabiendo que la propia evolución del pensamiento de Marx fue rompiendo con ese primer Marx. Ejemplo de esto es el Capital y los últimos escritos políticos producidos antes de su muerte.

Entendemos que es desde esta honestidad analítica desde donde se puede entablar un diálogo con las teorías de pensamiento crítico latinoamericano que, si bien desde una mirada lejana y superficial pueden parecer contrapuestas, desde un análisis algo más cercano y profundo, que contemple los procesos de cambio o revolucionarios que actualmente acontecen en América Latina, se podrá observar que teorías como la marxista y la descolonial (con su correspondiente raíz en la Filosofía para la Liberación), no solo pueden comenzar un diálogo constructivo, sino que pueden generar una verdadera alternativa de pensamiento a la matriz conceptual imperialista.

En su libro América Profunda, el pensador argentino Rodolfo Kusch da un vuelco al modo en que habitualmente fue comprendida, o al menos pensada, nuestra realidad. Kusch desarrolla la definición del ‘ser americano’ en sus dimensiones social, humana y ética. Aquí despliega algunos conceptos que nos ayudan a pensarnos desde un Estar-Siendo latinoamericanos, como él dice en América Profunda: «Diríamos que América está en los temas más odiados: pueblo, masa, analfabetismo, indio, negro. En ellos yace la otra parte de nuestro continente, el de mero estar que puede redimirnos.»[1] Para Kusch, el SER está relacionado a la pura esencia, esencia legitimada por la dominación y la imposición del eurocentrismo (vale pensar en todas las nociones de poder que analiza Quijano) a los pueblos de América. Por otro lado, encuentra al ESTAR como lo “un puro ahí, prendido a un suelo que da como inalienable”, esto es pura creación y sentir propiamente latinoamericano. Si bien estos conceptos son presentados de a uno por vez, no deben comprenderse autónomamente, sino dentro del marco de la fagocitación. En ese orden, Kusch destacará que el SER no se identifica con nuestro vivir real latinoamericano, asumiendo así la fagocitación del SER por el mero ESTAR.

En este sentido, podemos observar que en cada proceso de cambio de América Latina -si es que ese proceso es real- no se limita a la mera instauración de un ser ajeno, colonial-moderno-eurocentrado -parafraseando a Quijano- sino que es el mero estar lo que subyace, y lo hace desde lo propio. Nuestra región tuvo un proceso de consolidación de Naciones, de clases y de Estado distinto que el de Europa. También nos constituimos como latinoamericanos bajo un tejido social violentado, por una violencia ajena que posteriormente quiso esconder la colonización y los 500 años de opresión bajo los ropajes de la modernidad. Modernidad que no solo nos es foránea y ajena, sino que se tradujo y sólo fue posible a raíz del colonialismo impuesto tanto sobre América como Asia y África.

II– Cercamientos evo-lucionistas

Si hablamos de procesos revoluciones en Latinoamérica, es necesario delimitarlas para poder analizar cuál es la dinámica de cambio que se está impulsando. Por más que urja reflexionar sobre el tema, sería demasiado ambicioso para los modestos fines de esta nota, analizar el presente de Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela, Cuba, Argentina, Uruguay, el MST en Brasil y el EZLN en México, el proceso de Honduras, los impactos de Haití, etc. No solo porque son demasiados, sino porque cada país tiene sus distintos grados de reformas sociales conforme a su momento histórico. Encontramos algunos que optan por revoluciones armadas, otros por la democracia electoral Burguesa, otras con revoluciones raciales, y algunos otros con pequeñísimas transformaciones sociales. Como no es académicamente correcto, ni éticamente deseado imponer una categoría a partir de la cual discriminar realidades, (por no decir “meter todos los gatos en la misma bolsa”), deberíamos hacer un recorte de los países que queremos mirar.

Por eso nos centraremos en el análisis de aquellos procesos que, a nuestro modo de ver, se presentan como una alternativa real al patrón mundial de poder. Estos son los casos de Bolivia, Venezuela y Cuba.[2]

III– Yo voy con Chávez, voy con Evo y con Fidel.                                                

III.I.- Revolución cubana

No es casual que comencemos por este país. La revolución Cubana ha influenciado mucho en toda Latinoamérica. Esta fue un gran impulso para desarrollar una nueva generación de marxistas latinoamericanos y para despertar en Latinoamérica el germen y el aliento de numerosas luchas sociales, junto a la convicción de que dichas luchas no son banales y pueden llegar a expresarse en una verdadera modificación de la realidad.

La revolución cubana hizo temblar a varios marxistas ortodoxos, ya que la toma del poder por parte de la revolución, en 1959, estuvo bien lejos de ser una masa de obreros organizados bajo el partido socialista como preveían los manuales. En este caso, por el contrario, la revolución fue gestada por un grupo de guerrilleros y estudiantes agrupados en el movimiento 26 de Julio y acompañados por todo el pueblo cubano, víctima de la opresión de una dictadura. De este modo, la revolución representaba una excepción a la teoría y la práctica que consideraban los marxistas-leninistas, ya que el potencial revolucionario no fue exclusivamente de la clase social ni de las fuerzas políticas que las dirigían, sino que la ausencia de una “vanguardia política” y el apoyo activo del proletariado la marcaron con un carácter innovador y creador, propiamente latinoamericano.

La revolución cubana demostró en el tiempo que su proyecto revolucionario no solo pudo triunfar, sino que también es viable y puede perdurar en el tiempo. Y esto a pesar de la desigualdad de medios y fuerzas que había (y sigue habiendo) entre Cuba y Estados Unidos, quien protagonizó el principal combate (político, económico y militar) para impedir su existencia. Si la revolución cubana pudo luchar contra el enemigo interior (Batista) y exterior (Estados Unidos) y aún puede sostenerse económicamente (a pesar del bloqueo impuesto por el imperialismo y los escasos recursos económicos que posee, considerando que es una isla y que no está beneficiada por grandes riquezas territoriales) no es sino gracias al altísimo nivel de conciencia y apoyo de la mayoría de la población. Y este apoyo y conciencia social se explica por algo que Mariategui va a desarrollar muy bien en sus escritos: esa fuerza, fe y espíritu revolucionario que se expresa en la fuerza del mito.

III.II.- ¿Proceso de cambio o r-evo-lución?

Si hablamos de lo propiamente latinoamericano, cabe mencionar la revolución boliviana y la diferencia que posee con la cubana.

Creemos que cada revolución hay que contextualizarla en su momento social e histórico correspondiente. En ese orden, cabe observar que si el ascenso de la revolución cubana se dio a partir de la revolución armada, fue porque el contexto nacional e internacional de la época lo permitió, negando a su vez otros modos posibles de cambio. Pero pensar en una revolución armada para nuestra Latinoamérica en el momento histórico que corre, probablemente se torne mas difícil e inconveniente.

La llegada al poder de Evo Morales a través de los instrumentos de un Estado liberal moderno, no darían la impresión de una real posibilidad de cambio, y menos aún de revolución. Sin embargo, hay un antecedente que, aunque no completo, sí marcó un nuevo modo de imaginar el ascenso al poder de los revolucionarios. Este es el ejemplo del Chile de Allende, gobierno que dio una gran lección al mundo y que fue rápidamente extinguido en una alianza que involucró tanto a Pinochet como a las fuerzas imperialistas.

Bolivia vive otra realidad y otros tiempos. Bolivia es el país de Latinoamérica con más comunidades indígenas, a pesar de lo cual, ningún indígena había gobernado –con anterioridad a Evo Morales- en los quinientos años de opresión que transcurrieron desde el colonialismo externo (cuando España gobernaba a través de su virreinato) ni en los casi doscientos años de colonialismo interno (donde las castas blancas y burguesas administraron el poder). Como puede verse, este país está atravesado por lo que Aníbal Quijano ha dado en llamar colonialidad, que reconoce en su seno el colonialismo como un momento en que el poder (social-económico-político) fue administrado desde otras tierras, pero que se distingue de él, en la medida en que se funda en “una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder [capitalista] y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal”.[3]

El gobierno de Evo Morales asumió la gigante tarea de desarmar este patrón mundial de poder, avanzando tanto contra la colonialidad del poder, como del ser, del saber y de la naturaleza. Otra de las principales características del Estado boliviano es su carácter plurinacional y el reconocimiento oficial de las lenguas aymara y quechua. Si bien en este proceso es mucho lo que la filosofía crítica marxista ha aportado, no puede dejar de atenderse a las profundas diferencias plasmadas a partir del pensamiento político de lo propio. El nuevo Estado boliviano no fue creado a partir de categorías ajenas y eurocéntricas, y si bien estas pueden haber influido en determinada manera, ha sido el reconocimiento del propio estar lo que genera el nuevo modo de pensar el poder: mandar obedeciendo, o poder obediencial.

III.III ¿Revolución bolivariana o leninista?

Hugo Chávez Frías llega al poder en 1999, luego de un intento frustrado de golpe de Estado en el `92, con la promesa de reformar la constitución y dar fin así a la llamada IV República. Nuevamente, el camino adoptado por el revolucionario fueron las urnas y el apoyo y clamor popular, que se fueron acrecentando en los primeros años de este nuevo proceso político, social y económico.

Esta revolución utiliza los medios del Estado burgués moderno, al que se le realizaron importantes modificaciones. Entre ellos, debe resaltarse el carácter profundamente democrático y participativo que adoptó en todos sus niveles. Estas prácticas se expresan en las consultas al pueblo (como la reforma y aprobación del ´99, la fallida reforma del ´07, la enmienda en la que se puso en juego la posibilidad de reelección presidencial, así como las revocatorias) tanto como en la creación de cooperativas y la política de consejos comunales. Estas prácticas, sin embargo, contrastan con el carácter profundamente presidencialista de la revolución, donde el populismo del líder, lejos de ser una consecuencia indeseada de la alegría popular, se asemeja más a una práctica electoralista para la consecución del poder. En este tema se plantea una cuestión bien compleja: ¿es el presidente de la República o la voluntad y conciencia popular lo que asegura el proceso de cambio de Venezuela?

Pero no es esta la única disyuntiva que atraviesa este país en estos momentos. La revolución bolivariana oscila en estos momentos entre el socialismo real, copia fiel y modelo de la revolución rusa, y la construcción de un socialismo desde lo que previamente describimos como lo propiamente latinoamericano, que sí se ve plasmado en la reforma constitucional del ´99, y que se expresa en formas mucho más democráticas y descentralizadas de administración del poder.

A pesar de estas tensiones, no puede dejar de reconocerse el carácter verdaderamente radical de la revolución bolivariana, la profundidad de los cambios y el horizonte de un futuro mucho más ecuánime. Desde esta perspectiva, en el proceso revolucionario venezolano se ven expresados los dos procesos anteriormente analizados. Por un lado, el proceso cubano, que si bien, como se ha manifestado, presenta sus propias particularidades y puede pensarse como propiamente latinoamericano, ha hecho su contexto político y económico que se acerque en mucho a la revolución soviética, cuyos vestigios pueden encontrarse aún en algunas de sus lógicas de administración del poder. Por el otro lado, el Estado plurinacional de Bolivia, cuya principal expresión política ha sido la inclusión y liberación de aquellas comunidades indígenas que han sido oprimidas por más de cinco siglos.

Esperamos que el incierto futuro latinoamericano, cuya revisión hemos intentado recorrer en los procesos más auténticamente propios que encontramos, tenga como base el reconocimiento de lo propio, una construcción verdaderamente socialista, y una creatividad mucho más cercana que la copia de lo extraño y la imposición de lo ajeno. Solo desde Latinoamérica podemos pensar Latinoamérica; sólo desde el reconocimiento de nuestra propia barbarie podremos construir un nuevo tipo de vida que, a lo mejor, no sea tan civilizado■

 


[1] Rodolfo Kusch, América Profunda. Ed. Bonum. Buenos Aires, 1999, Pág. 155.

[3] Quijano, Anílbal, “Colonialidad del poder y clasificación social”, en Pensar Descolonial, Ed. La Urbana, Caracas, 2009, Pág. 211.