Al intentar abordar un tema tan complejo en apariencia como el de los prejuicios, y con la intención de ubicar su posible origen, la primera solución que encuentro siempre a mano resulta ser un sencillo diccionario. Buscando el origen busco una definición. Entonces, me encuentro con la siguiente: “prejuicio. juicio u opinión sobre algo (agregaría «o alguien»), antes de tener verdadero conocimiento de ello¨ idea preconcebida o discriminatoria sobre las personas o sus acciones, y que cohíbe obrar con libertad”. Al terminar de leer estas líneas, me encuentro con otra definición a continuación, que sin duda encuentro relacionada con la anterior. Habla sobre qué es el “prejuzgar”, y dice: “juzgar las cosas (también aquí agregaría «o personas») antes de tiempo, o sin tener cabal conocimiento de ellas”. Vemos que aquí nos encontramos claramente en dos terrenos, el del conocimiento (o la falta de él) y el de los actos, registro de la conducta. La mente desde el punto de vista cognoscitivo imbricada con una causación de efecto sobre el comportamiento en lo real.

Ahora bien, al remitirme a elaboraciones teóricas provenientes de la antropología (ciencia o disciplina que tiene como objeto de estudio al hombre), encuentro una relación trazada directamente entre el prejuicio y lo que llaman “el fenómeno del racismo”. Interesante asociación. Habría que ver el porqué.

Inicialmente los antropólogos dicen algo así: “la reproducción social de los prejuicios se explica en base a una teoría psicosocial acerca de la frustración y la agresión”. Así introducen la idea de que el “prejuiciado” funcionaría como una especie de chivo expiatorio, un “depositario de todo lo negativo y todos los males de la sociedad”. Un real perjudicado, sin duda, el prejuiciado. Vayamos más allá.

Albert Memmi, en su libro “Racismo y odio del otro”, toca la dimensión del comportamiento, explicando que ciertos grupos humanos ante otros ciertos grupos humanos, “diferentes entre sí”, reaccionarán con actitudes de desconfianza o un franco gesto de rechazo agresivo. A tal comportamiento le dio el nombre de “heterofobia”, una especie de fobia (al decir de Freud, fobia como miedo sistematizado en un objeto externo al sujeto) al distinto. Esto inmediatamente me lleva a cuestionarme: ¿hay dos seres humanos iguales?. Considero que este punto ya implica un embrollo conceptual, aunque no deja de ser meritorio.

Y es en este punto donde generan la vinculación entre el prejuicio y el racismo: “el discurso racista utilizará esta actitud potencial encauzándola hacia una clase de heterofobia que se valdría del miedo a la diferencia biológica y racial para justificar agresiones y privilegios” (id. autor).

Vale decir que el prejuicio tendría que ver con un miedo a la diferencia, y en su relación con el racismo, sería un miedo a la diferencia biológica, a la diferencia de razas. Sin embargo, la evolución diacrónica de la investigación antropológica ha llegado a la conclusión de que no hay datos objetivables que fundamenten y validen la diferenciación de los seres humanos en función de características heredadas y/ o heredables. Cae la hipótesis de las razas humanas, y con ella cae la hipótesis de la igualdad, pregunta que se había abierto a partir de estas lecturas.

Volviendo a las definiciones que utilicé al inicio, es posible pensar una relación entre el prejuicio como un conocimiento que se cree tener sobre el otro, y el racismo como una actitud generada a partir de tal conocimiento. Digo conocimiento que “se cree tener” sobre el otro, puesto que aquí entramos de lleno en el dominio de lo imaginario, aquél conocimiento que, más allá de ser aventurado o apresurado, jamás puede ser certero (excepto que entremos en el terreno de las psicosis, donde hallamos la plena certeza de que el Otro tiene la voluntad de gozar del sujeto). Fenómeno imaginario donde se le supone al otro un saber sobre uno, originando la rivalidad mortífera en el espejismo marcado por la alienación de ese supuesto saber. ¿Cómo no despertar en la paranoia?

Se podría decir entonces que el yo, como instancia que necesita consolidarse en una ilusión de completud, va a luchar con uñas y dientes contra ese otro a quien le supone un saber. Es la metáfora del amo y el esclavo que toma Lacan, a partir de Hegel.

¿Es éste un posible origen de los prejuicios?. Diría que es una de las tantas explicaciones posibles. Alguien ubicado en posición de esclavo, de servidor de su amo, y el amo ubicado en su posición de servido. Ninguno de los dos puede vivir sin el otro, y vivir con ese otro lleva a un terreno estéril, mortífero. Un goce establecido en un escenario fantasmático, constituido por semblantes y lugares vacíos donde se cree “poder” sobre el otro y por el otro. Y viceversa.

Si algo me ha enseñado la clínica, que considero habitual y de fundamental importancia sobre lo que operar, es la abundancia de lo que di en llamar “prejuicios invertidos”, sujetos ubicados en la posición de “prejuiciados”, lugar donde desde su universo RSI (real/ simbólico/ imaginario) se cristalizan en una identificación y un goce alienante que los determina en un creer ser “tal o cual cosa”, en función de Otro que aparentemente los ubica en tal lugar. A ese otro que los determina a estar en ese lugar de prejuiciados a su vez es prejuzgado. Relación imaginaria pero en definitiva consistentemente establecida en lo real, que genera entre otras cosas aquello que nuestros amigos antropólogos nombraron como racismo y prejuicios.

Una posible explicación al origen de los prejuicios, dejando con convicción enunciada que existe una posible salida de tal atolladero

El sujeto es invitado pues a entregarse sin reservas a este sistema: a sus conocimientos científicos, así como a lo que imagina a partir de las informaciones que tiene acerca de su estado, su problema, su situación, y también sus prejuicios más ingenuos, en los que sus ilusiones se sostienen, incluyendo sus ilusiones neuróticas, en la medida en que ellas son parte importante de la constitución de la neurosis. Jacques Lacan - Seminario I “Los escritos técnicos de Freud

 


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