Me volví a meter de lleno en la filosofía, me dediqué con una pasión renovada a la literatura y a la poesía, sin volver a leer un diario, ver un noticiero, escuchar una radio. Hasta que hoy volví a escribir. Si no podía escribir sobre la realidad, si no podía reflexionar y pensar en ella, no quedaba más que reflexionar sobre esa imposibilidad.

Hacía más de 6 meses que no escribía. En enero me había ido a vivir temporalmente a Madrid. Comprobé que  con el tiempo que disponía podía leer dos o tres diarios distintos, abandonarlos por un mes, y al reencontrarlos hallar lo mismo. Cuanto mucho cambiaba el tema, pero la lógica era la misma: las oposiciones, los agravios, las descalificaciones, las contradicciones, las opiniones contaminadas por los intereses al punto de volverlas indiscutibles, intercambiables, indebatibles. Visto a esa distancia, todo parecía una gran broma, un entretenimiento más de los que podía llegar a encontrar en las otras opciones de mi computadora: videos, música, películas, etc.

Con tristeza dejé de escribir. Me recluí en los divertimentos de la cotidianeidad. Me dediqué a viajar, a recorrer todas las latitudes posibles desde Marrakech hasta Varsovia. En el medio cumplí 24 años. Escuché a mucha gente hablar durante muchas horas de muchos temas y en muchos idiomas; hasta que volví.

Me puse en contacto con la redacción del diario comunicándoles mis ganas de volver a escribir, de volver a participar en este proyecto… pero nada. Nada venía a mi cabeza, no podía percibir nada con claridad en nuestra realidad que me permitiera reflexionar sobre ella. Tenía la impresión de que pensar reflexivamente, periodísticamente era como intentar susurrar entre una multitud de personas gritando. Tras algunas decisiones fallidas volví a mi casa natal. Me volví a meter de lleno en la filosofía, me dediqué con una pasión renovada a la literatura y a la poesía, sin volver a leer un diario, ver un noticiero, escuchar una radio.

Hasta que hoy volví a escribir, porque hoy, sin buscarlo, me encontró una reflexión. Y ahora que lo pienso me parece más que obvio. Si no podía escribir sobre la realidad, si no podía reflexionar y pensar en ella, no quedaba más que reflexionar sobre esa imposibilidad.

Unas horas atrás, me senté como muchas otras noches en el patio de atrás de mi casa, en el barrio 920 viviendas, en la provincia de Catamarca. Al lado de la computadora y del cenicero deje unos libros y una agenda. Sopesé detenidamente cada uno de ellos, el primero de 299 páginas, tapas blandas en color rojo con letras blancas se titula Narraciones de la independencia: Arqueología de un fervor contradictorio. Repasé el índice e hice unas marcas con lápiz y lo volví a dejar. Tomé el segundo, tapas blandas también, color azul con bordes negros, letras blancas, 350 páginas, titulo: La Nación y sus Otros. Raza, etnicidad y diversidad religiosa en tiempos de Políticas de la Identidad. Retomé desde el marcapáginas, y cuando llevaba por la cuarta o quinta línea me distraje por el ruido de un gato sobre el techo de chapa de la galería. Deambulé un rato con la mirada y lo volví a dejar sobre la mesa. Convencido de que tendría que haber sido la elección certera desde el comienzo, tomé el último libro: La Inmortalidad, novela del escritor checo Milán Kundera. Pocas páginas después me encontraba totalmente atrapado por un diálogo ficticio que se producía entre Goethe y Hemingway. Dos capítulos después de esa conversación, descubrí sorprendido el pasaje que despertó mi reflexión y que me devolvió a estas líneas:

“¿Quién es, por lo demás, el periodista más memorable de los últimos tiempos? No es Hemingway, quien escribía sobre sus experiencias en las trincheras del frente; no es Orwell, quien pasó un año de su vida con los pobres de París; no es Egon Erwin Kisch, conocedor de las prostitutas de Praga, sino Oriana Fallaci, quien entre 1969 y 1972 publicó en el semanario L Europeo un ciclo de conversaciones con los más famosos políticos de la época. Aquellas conversaciones eran algo más que simples conversaciones; eran duelos. Los poderosos políticos, antes de advertir que se estaban batiendo en condiciones desiguales –porque las preguntas podía hacerlas ella y ellos no- ya se retorcían K.O en la lona del ring.

Aquellos duelos eran el signo de los tiempos: la situación había cambiado. El periodista comprendió que lo de hacer preguntas no era simplemente el método de trabajo de un reportero, que realiza sus investigaciones modestamente con una libreta y un lápiz en la mano, sino un modo de ejercer poder. Periodista no es aquel que pregunta, sino aquél que tiene el sagrado derecho de preguntar, de preguntarle a quien sea lo que sea. ¿Acaso no tenemos todos ese derecho? ¿Y no es acaso la pregunta un puente de comprensión tendido de hombre a hombre? Quizá. Por eso precisaré más mi afirmación: el poder del periodista no está basado en el derecho a preguntar, sino en el derecho a exigir respuestas” (las cursivas finales son mías)

Al instante de leer esas líneas se me agolparon un montón de imágenes: los periodistas de CQC sosteniendo preguntas durante largas caminatas que nunca tienen respuestas; los políticos faltando a audiencias judiciales, es decir, negándose a responder ante las preguntas de la ley; las conferencias de prensa sin libertad de preguntar; los debates de afirmaciones contra afirmaciones sin un sólo signo de interrogación respetado… En fin… las miles y millones de respuestas derivadas, esquivadas, ignoradas, silenciadas, evitadas que son la materia prima de la realidad política de nuestro país. Dos conclusiones me fueron inevitables, la primera, que ese derecho a exigir respuestas hace mucho ha dejado de ser nuestro; y la segunda, que se lee en el título..■