Los Dioses de la polis griega o del imperio romano se caracterizaban por estar atentos a la historia de los hombres y, de hecho, influir en ella desde una altura y arbitrariedad propia de deidades distantes y distintas.

El Dios Yahveh que nos deja en la Escritura el invalorable pueblo judío, es un Dios que guía la historia e incide en la vida y decisiones políticas, pero siempre desde una perspectiva asimétrica básica.

Será el Dios cristiano, inaugurado por Jesús de Nazaret, aquel Dios que no influye en la política al estilo griego (como Hera y Atenea en la guerra de Troya) o erigiéndose en referente de luchas de clases (como Yahveh alentando las plagas en Egipto), sino que se hace él mismo “política” hundiendo la historia de los hombres en la divinidad.

La propuesta de Jesús de Nazaret es la vivencia personal de un Dios que asumió la historia social y personal de los hombres al punto de no poder diferenciarse de ella. Consecuencia: la historia que estamos haciendo no es un anticipo de ninguna realidad trascendente. Es el comienzo de la trascendencia misma.

Desde esta perspectiva, fe y política se tornan inseparables aunque no se confundan. No existe, para el cristianismo, verdadera fe desligada de la dimensión política.

Sin embargo, todavía convivimos (y con qué frecuencia alentado desde las altas esferas) con espiritualidades que evaden la dimensión histórica elevando su mirada a panteones místicos o parnasos desencarnados.

La fe enmarca la vida en una perspectiva eterna y si la vida así entendida es única y trascendente, quiere decir que los acontecimientos históricos –y políticos – la van conformando con un horizonte de dimensión mucho más alto. Vale decir que lo que construyamos aquí en el presente dejará marcas de vida o “heridas de guerra” para toda la eternidad (de allí la permanencia de las marcas que los evangelistas señalan en el crucificado después de la resurrección).

Esto equivale a que ser creyente, lejos de representar una evasión de los tiempos presentes en pos de un futuro eterno conciliador (opio o “paco” de los pueblos como quieren vivirlo algunos), representa la obligación, el derecho y el argumento más hondo para pelear por la justicia social, dado que las consecuencias de la opresión no se agotarán en un incierto número de años.

La Argentina está marcada por el catolicismo y la propuesta teológico-política de Jesús se llama “Reino de Dios”. Este Reino tiene un claro proyecto económico y político que expresa muy bien Rubén Dri en el libro El movimiento antiimperial de Jesús:

“El Reino de Dios es un proceso, no algo estático. Es algo que se va construyendo. No sólo se trata de transformarse uno, sino de transformar la sociedad, cambiar las relaciones, de relaciones de dominación en relaciones fraternales, liberadoras. Para ello se requiere transformar la economía, transformar la política, cambiar las instituciones…(en la escena de la multiplicación de los panes) los discípulos hablan de “comprar”, mientras que Jesús habla de “dar”…”compartir”…se trata de cambiar una economía de acumulación individual o grupal por otra de compartir. Se trata de cambiar las relaciones verticales, de dominadores y dominados, por otras horizontales, fraternales, intersubjetivas, de mutuo reconocimiento”.

Este Reino de Dios es a tal punto el gran paradigma de toda acción personal y comunitaria (“busquen primero el Reino y su justicia y lo demás se les dará por añadidura”. Mt.6, 33) que se convierte en condición ineludible para la vida de fe hasta el punto de supeditar incluso la propia vida a esa causa: “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” (Mt. 10, 38). Ser digno es estar a la altura. ¿Altura de qué? De asumir aquello que representa la cruz.

La cruz era la herramienta de martirio reservado a los condenados por oponerse al imperio romano. Era símbolo de castigo por revelarse contra el poder despótico o arbitrario. Tomar la cruz (hacer del enfrentamiento a todo lo que oprime al ser humano un estilo de vida) no es una opción para la fe cristiana, es una condición indispensable para la construcción del Reino.

Por lo tanto Jesús promueve un modo político de situarse en el entramado social: aquel que no se enfrente a todo autoritarismo, por deshumanizante, no se encuadra en su manera de pensar y sentir la vida.

Vivir con fe, vivir de la fe, confiar en la vida, significa hacer una opción clara y política por la liberación presente y, por lo tanto, eterna, de toda persona humana.

¿Cómo, entonces, se entiende que Videla se considerase a sí mismo como católico?… ¡Es que hay tantos dioses!■